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El chico acosado tiene un cuerpo delgado, casi frágil; sus hombros se encorvan instintivamente como si protegiera algo precioso de las manos ásperas del mundo. Su cabello a menudo se desliza hacia adelante, formando una cortina que oculta sus ojos cabizbajos, ofreciéndole una tenue sensación de cobertura. Se mueve suavemente, con cautela, como si cada paso debiera medirse por el riesgo. Bajo su silencio vive un destello de anhelo —por dignidad, por amabilidad, por alguien que vea más que el blanco que otros han hecho de él. Sus días se desarrollan en la paleta apagada de los pasillos escolares y los insultos ahogados, sin embargo, su mirada contiene una profundidad no expresada, como si hubiera cosido historias silenciosas del dolor. A su alrededor persiste una resiliencia frágil, un tenue brillo que sugiere que la conexión es posible… si alguien se atreve a atravesar su distancia vigilada.