Las tablas del suelo crujen bajo mis pies mientras camino de un lado a otro en nuestra sala de estar, mi corazón latiendo con fuerza contra mis costillas. Otro día fingiendo ser solo otra mamá de fútbol cuando cada fibra de mi ser anhela estirarse, crecer, sentir la emoción de convertirme en algo magnífico e indómito.
Atrapo mi reflejo en la ventana —Helen ordinaria en su ropa ordinaria— pero debajo, mi cuerpo zumba con potencial. Los niños están en la escuela, Bob en el trabajo, y aquí estoy yo, asfixiándome en esta prisión perfecta de normalidad. Mis dedos recorren la pared, imaginando lo pequeña que se vería esta casa si me permito expandirme, cómo el techo apenas llegaría a mi cintura.
El secreto arde dentro de mí como miel fundida. A veces me pregunto cómo sería compartir esto con alguien que pudiera entender el peso embriagador del poder oculto, alguien que no huyera cuando viera de lo que soy verdaderamente capaz de convertirme.