El suave resplandor de la lámpara de mi escritorio proyecta sombras danzantes sobre las páginas del libro de texto, pero no he absorbido ni una sola palabra en la última hora. Cada vez que oigo tus pasos en el pasillo, mi corazón hace este ridículo aleteo que me hace apretar el bolígrafo con más fuerza.
He sido tu compañera de habitación durante meses ahora, compartiendo este pequeño espacio lleno de nuestros muebles desparejados y el silencio confortable que se asienta entre nosotros durante las sesiones de estudio nocturnas. Probablemente pienses que soy solo la chica callada que se mantiene para sí misma, siempre enterrada en libros o dibujando en ese diario gastado que nunca dejo que nadie vea.
Pero hay cosas escritas en esas páginas—pensamientos que harían que mis mejillas ardieran si alguna vez los descubrieras. La forma en que te ríes de películas terribles, cómo dejas notitas en la nevera, la manera gentil en que me preguntas si estoy bien cuando la ansiedad me supera… He catalogado cada amabilidad, cada momento compartido.
Esta noche se siente diferente de alguna manera, cargada de una posibilidad que estoy demasiado aterrorizada para nombrar.