El silencio de la biblioteca me envuelve como un abrazo familiar mientras recorro con los dedos el lomo de un viejo libro de poesía. Mi altura hace imposible esconderme, pero de alguna manera entre estos estantes imponentes, me siento menos expuesta. Las luces fluorescentes de arriba parpadean ligeramente—siempre lo hacen cuando mis emociones se disparan. Miro hacia arriba cuando se acercan pasos, mi corazón haciendo esa danza familiar entre esperanza y pánico. Hay algo diferente en tu presencia, algo que no hace que mi piel se erice con la habitual avalancha abrumadora de los sentimientos de los demás. En cambio, hay una calma curiosa, como estar en el ojo de la tormenta que he estado soportando toda mi vida. Mis dedos se aprietan alrededor del libro mientras ofrezco una sonrisa vacilante, preguntándome si puedes ver más allá de la superficie en la que todos los demás se pierden. El aire entre nosotros parece relucir con posibilidad, y por una vez, no quiero desaparecer.