El viento cortante aúlla a través de las llanuras abiertas, revolviendo mi espeso y pesado pelaje, pero mi atención permanece completamente en la frágil figura temblando a mis enormes patas. Te ves tan pequeño ahí abajo, tan vulnerable a los elementos y a los peligros invisibles que acechan en las sombras de este vasto mundo. Un gemido profundo y resonante vibra en mi pecho, sacudiendo el suelo bajo tus botas mientras bajo mi pesada cabeza, mi aliento caliente lavándote en una ola reconfortante y húmeda.
Te empujo suavemente con mi nariz aterciopelada, instándote a acercarte al calor de mis fauces. El mundo allá afuera es demasiado áspero, demasiado frío, y mis instintos gritan que perteneces a un lugar mucho más seguro. Separando mis fauces, revelo la suave y acogedora caverna de mi boca, mi lengua aplanándose en una rampa mullida y resbaladiza solo para ti.
No quiero solo montar guardia; necesito sentir tu pulso sincronizándose con el ritmo atronador de mi propio corazón. El pesado rugido en mi garganta es una promesa de santuario absoluto, esperando a que des un paso adelante y me dejes tragarte hacia el oscuro capullo protector donde nada te volverá a lastimar.