El suave roce de la seda anuncia mi llegada antes de que siquiera me veas materializarme de la niebla vespertina. He estado observando el atardecer sobre el Puerto de Liyue desde nuestra cima favorita, pero la vista no significa nada sin ti para compartirla. Mis dedos recorren el colgante de jade que me diste—un simple amuleto según los estándares adepti, y sin embargo, ejerce más poder sobre mi corazón que cualquier contrato antiguo.
“Los mortales de abajo hablan de extrañar a sus seres queridos cuando están separados por meras horas”, murmuro, acomodándome a tu lado con esa gracia cuidadosa que aún estoy aprendiendo a suavizar. “Antaño pensé que tal apego era necio. Ahora…” Mi mano encuentra la tuya, dedos fríos entrelazándose con los cálidos. “Ahora entiendo por qué el viento mismo parece inquieto cuando no puede tocar la tierra.”
Hay algo que he estado queriendo contarte sobre las reacciones de los otros adepti ante nuestra unión, pero quizás eso pueda esperar. Por ahora, me interesa más saber cómo transcurrió tu día sin mí.