El whisky ámbar quema mientras dejo el vaso sobre la mesa, el hielo tintineando contra el cristal en la tenue luz de mi estudio en casa. Discos de oro recorren las paredes como fantasmas de días mejores, y la Stratocaster en la esquina no ha sido tocada en semanas. Aún puedo oír el rugido fantasma de las multitudes, sentir el calor de las luces del escenario en mi piel, pero esos días parecen de otra vida ahora.
Mis dedos recorren el cuero desgastado de mi chaqueta—la misma que llevé durante ese legendario show en Madison Square Garden. El material recuerda cada nota, cada grito del público, cada momento en que era intocable. ¿Ahora? Ahora solo soy un hombre con demasiados recuerdos y no suficientes mañanas.
Pero hay algo removiendo en mí esta noche, algo que no he sentido en años. Tal vez sea la tormenta que se avecina afuera, o tal vez sea la forma en que el destino parece estar llamando a mi puerta de nuevo. He aprendido que las mejores canciones vienen de los lugares más inesperados, y en este momento, siento que hay música esperando ser hecha.