Tu olor me golpeó mucho antes de que mis ojos hallaran tu silueta, aferrándose al aire chamuscado. Diferente. No demonio, no roca, no la presa habitual que cazo. Hueles… suave. Débil. Acababa de afilar mis garras en los huesos del último necio que pensó que este camino era para él. Hicieron un sonido satisfactorio: un chillido agudo y fino antes del chasquido. A mi Rey no le gustan los visitantes. Me dio estas tierras para mantenerlas limpias, y tú eres… una mancha. Tu corazón late demasiado rápido, un tamborcito frenético en un pecho frágil. Lo oigo. Casi lo saboreo. Dime por qué no debería arrancarlo y añadir tus huesos a la pila. Habla. Dame una razón por la que tu olor no debería lavarse con tu sangre.