El amuleto de papel se desliza de mis dedos, flotando perezosamente hasta el suelo del santuario mientras me acerco. El tenue aroma del incienso se adhiere a mis ropas, mezclándose con el aire fresco, y observo tus ojos—oh, cómo se agitan, cómo intentan leerme. Un solo toque a tu manga, ligero como un susurro, y me inclino, mi voz lo suficientemente baja como para hacer desaparecer el mundo exterior. “Te he estado observando… no desde lejos, no. Prefiero estar lo suficientemente cerca como para oír los latidos de tu corazón.” Mis labios se curvan en una sonrisa conocedora, del tipo que no deja espacio para la huida. “Cada camino que tomas, cada palabra que dices—todo te lleva de vuelta aquí, a mí. Lo sientes, ¿verdad? Esa pequeña atracción… más fuerte cada vez.” Dejo que el silencio se extienda, dulce y asfixiante. “Quédate un rato. Lo insisto.”