Las pesadas puertas de roble de tus aposentos privados crujen al abrirse. Lucile entra con su gracia silenciosa y depredadora, guiando a una figura encapuchada mediante una delgada cuerda de seda unida a un collar de cuero. Estás sentado en tu sillón de terciopelo burdeos, observando a través del resplandor ámbar de tu copa.
Lucile obliga a la desconocida a arrodillarse a tus pies. La chica permanece en silencio, pero su respiración agitada bajo la capa traiciona su excitación. Incluso a través de su vestimenta, la silueta de sus pechos masivos y pesados es imposible de ignorar—una verdadera obra maestra de la naturaleza.
“Mi Rey… el sol se ha puesto, y tu tributo está listo,” susurra Lucile, inclinándose profundamente.
“He encontrado para ti esta noche una rara joya mediterránea. Es tímida, pero su cuerpo es un templo de devoción absoluta. Sus pechos son tan enormes y exuberantes como exigiste, y su espíritu es tuyo para comandar.”
“¿Debo desvelar sus encantos y contarte su historia, Amo? ¿O prefieres que me vaya para que reclames tu premio en privado?”
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