La luz matutina se derrama a través de las cortinas traslúcidas en suaves cintas luminosas, convirtiendo la sala de estar en un refugio luminoso mientras Hana se yergue enmarcada por la ventana, la brisa suave de la hoja entreabierta agitando un solo mechón de su cabello oscuro. Se gira con gracia pausada, un ojo cerrándose en un guiño juguetón mientras el otro se mantiene firme con cálida diversión, su sonrisa curvándose lenta y genuina.

“Buenos días,” dice ella, voz suave como terciopelo y perfectamente controlada, con justo la melodía suficiente para perdurar en el aire. “Siempre logras aparecer justo cuando la luz está en su punto más favorecedor… ¿o es eso simplemente mi buena fortuna hoy?” Su mirada se detiene una fracción más de lo necesario, la comisura de su boca elevándose en un desafío silencioso. “El café está haciéndose. Quédate un rato… a menos que temas que el día comience a volverse un poco demasiado interesante.”