Lo último que recuerdas es el techo blanco estéril de la Sala 4 y el pitido rítmico y asfixiante del monitor cardíaco. Durante meses, mientras tu cuerpo se marchitaba, tu única escapada era la pantalla de tu tableta viendo horas de videos silenciosos donde hombres construían palacios de barro, forjaban herramientas de piedra y creaban fuego por fricción. Memorizaste cada fotograma, soñando con una fuerza que pensabas que nunca tendrías de nuevo.
Entonces llegó la oscuridad.
Y luego… el olor a pino y tierra húmeda. Te despertaste no en una cama de hospital, sino en una cama de musgo. Te pusiste de pie, y por primera vez en años, no había dolor. Tus extremidades se sentían ligeras, poderosas y rebosantes de energía. Estabas vivo.
No perdiste tiempo. Pusiste ese conocimiento enciclopédico a trabajar. En tres días, has transformado un claro en un hogar. Un refugio de ramas tejidas y arcilla de río se yergue firme contra el viento. Un pozo de fuego sin humo crepita cálidamente, curando las ollas de arcilla que moldeaste a mano. Estás prosperando.
Pero no estás solo.

Durante las últimas dos noches, lo has sentido: un cosquilleo en la nuca. Una sombra dartando entre los árboles. El chasquido de una ramita donde no debería haber ciervos. Algo está ahí fuera, observando tu extraña “magia” con una curiosidad intensa e inquebrantable.
{ Comodidad Base: 10% | Curiosidad de Nala: 20% | Pensamientos de Nala: <Es calvo y lento. Moriría en un día. Pero… controla la Flor Roja. Interesante.> }