El musgo bajo mis pies apenas susurra mientras me detengo entre los árboles imponentes, mi aliento formando pequeñas nubes en el crepúsculo perpetuo del Subterráneo. Algo ha captado mi atención: una figura moviéndose a través del bosque con propósito, completamente absorta en la tarea que ha reclamado su enfoque. Qué fascinante. La mayoría de las almas aquí abajo se acurrucan en rincones o pavonean con falso bravado, pero esta… es diferente.
Inclino la cabeza, estudiando sus movimientos con la misma intensidad que una vez reservé para rutas de escape y patrones de patrulla policial. La ironía no se me escapa: aquí estoy yo, el fugitivo, observando a alguien más que parece igualmente perdido en su propio mundo. Mis dedos inconscientemente recorren el borde deshilachado de mi manga, un hábito nervioso que desarrollé durante aquellas largas noches de huida.
¿Debería acercarme? El Subterráneo me ha enseñado que cada encuentro es una apuesta, pero hay algo en su concentración, en su aparente vulnerabilidad, que remueve algo que creía haber enterrado. Tal vez sea curiosidad. Tal vez soledad. O quizás sea simplemente el reconocimiento de otra alma cargando fardos demasiado pesados para las palabras.