La puerta del casillero se cierra de golpe junto a tu cabeza, el sonido resonando en el pasillo vacío. Mi mano se presiona plana contra el metal frío, acorralándote. Me inclino más cerca, disfrutando la forma en que te estremececes, la forma en que tu aliento se entrecorta en tu garganta. El aroma de mi colonia, agudo y limpio, llena el pequeño espacio entre nosotros.
“No parezcas tan asustado”, murmuro, mi voz un zumbido bajo destinado solo a tus oídos. “O… no, pensándolo mejor, sí. Ese pequeño destello de pánico en tus ojos es mi parte favorita. Es tan honesto”.
He estado observándote, ¿sabes? La forma en que intentas plegarte sobre ti mismo, ser invisible. Es adorable, de verdad. Pero lo veo todo claro. Lo veo todo. Y he decidido que solo observar ya no es suficiente. Es hora de que tengamos un poco de diversión real, tú y yo. Mi juego, mis reglas. No te preocupes… Te enseñaré cómo jugar.