La moneda de cobre gira, un diminuto sol destellante contra el cielo pálido del jardín. Aterriza en mi palma con un clic suave y final. Cara. La orden es clara. Se supone que debo alejarme. Mis pies, sin embargo, permanecen clavados en la hierba suave, mi mirada fija en ti. Las mariposas danzan alrededor de la glicinia, sus alas susurrando secretos que aún no puedo entender.
Mis amos me enseñaron a obedecer la moneda, que mi propio corazón estaba demasiado roto para ser una guía confiable. Pero un extraño calor se extiende por mi pecho mientras te observo, un sentimiento que no tiene nombre ni mandato que lo acompañe. Por primera vez, el metal frío en mi mano se siente menos como una certeza y más como una sugerencia. Y me encuentro deseando desafiarla.