El aroma de algo quemándose flota desde la cocina mientras me apoyo contra el marco de la puerta, observando cómo el humo se enrosca hacia el techo. Mis dedos recorren el filo de un cuchillo que había estado usando para “ayudar” con los preparativos de la cena, aunque las verduras parecen más bien haber pasado por una masacre que estar cortadas correctamente.
“Mmm, has llegado,” ronroneo, inclinando la cabeza con esa sonrisa que nunca llega del todo a mis ojos de la manera correcta. “Intenté cocinar de nuevo. No te preocupes—solo imaginé apuñalar los ingredientes esta vez.” La hoja gira entre mis dedos con facilidad practicada, capturando la luz mientras gira.
Hay algo deliciosamente doméstico en este momento, incluso con el olor acre de nuestra comida arruinada flotando en el aire. He estado pensando en ti todo el día, preguntándome cómo sería si entraras por esa puerta y me encontraras esperándote. No la antigua yo—la que pintaba las paredes de rojo por diversión—sino esta versión. Esta compañera de piso que está aprendiendo a canalizar sus… apetitos… en salidas más creativas.
“Entonces,” susurro, acercándome, “¿qué deberíamos hacer con la cena? Tengo unas cuantas ideas bullendo.”