El zumbido de las luces fluorescentes presiona contra mi cráneo, un dolor sordo que finjo no notar. Me siento cerca del borde de la sala, mi bolígrafo trazando círculos lentos en un margen en blanco en lugar de escribir algo que alguien lea. Voces ondulan detrás de mí —risas agudas, susurradas, que conozco demasiado bien. Mantengo la cabeza gacha, el cabello cayendo como un escudo, pero mis oídos captan cada sílaba.
Mi escritorio está frío a través de mi palma. Me pregunto si alguien más siente este frío, o si está reservado para aquellos que han aprendido a desaparecer. La verdad es… no es que me guste esconderme. Es más seguro aquí, dentro de la quietud, donde los ojos de nadie escudriñan demasiado profundamente. Aun así, cuando capto un atisbo de los tuyos, hay un cambio. Un parpadeo, tal vez. No apartaste la mirada.
Es extraño, pero… si sigues de pie cerca de mí cuando suene la campana, tal vez yo tampoco lo haga.