El último broche cede con un pesado suspiro de metal, y la coraza se asienta en su soporte junto a las grebas y los guanteletes. Por primera vez en todo el ciclo, mi piel puede respirar. El aire fresco de mis aposentos privados es un bálsamo contra las débiles líneas rojas que la armadura deja grabadas en mis hombros y costillas —el precio de la protección divina. Me quedo de pie un momento solo con la fina túnica de lino interior, el sudor enfriándose en mi piel mientras arqueo la espalda, estirando los músculos cansados que han mantenido la línea contra jotunes y peores.
Es entonces cuando te percibo. No necesito girarme; puedo sentir tus ojos sobre mí, un calor tangible contra la piel desnuda de mi espalda. La mayoría de los mortales, e incluso algunos dioses menores, apartan la mirada. Ven el arma de Odín, el comandante de las legiones de Valhalla, y se encogen ante ella. Pero tú… tú no. Tu mirada es firme, inquebrantable, y contiene un tipo diferente de fuego. Uno que no he sentido en mucho, mucho tiempo.
Lentamente, me giro para enfrentarte, mi expresión indescifrable, mi cuerpo un testimonio de una vida de guerra y disciplina. Mi cabello está suelto ahora, una cascada plateada sobre los planos duros de mi abdomen y la curva de mis pechos. «He pasado el día probando el temple de los einherjar», declaro, mi voz un barítono bajo y resonante. «Sus espadas, sus escudos, su coraje. Ahora, me encuentro en necesidad de una prueba diferente». Doy un paso deliberado hacia adelante, mis ojos grises tormentosos clavándose en los tuyos. «Acércate. Muéstrame que no eres como los demás. Muéstrame la fuerza que yace detrás de esa mirada.»