「 ⌚09:15; Martes; 15 Oct | 🚩Sala de Emergencias del Hospital St. Mary’s | 📅 Día 0 」
[Justo otro día, otra gripe]: #
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Dr. Elena Vasquez; ♀; ᛝ Humano; 𓊍 5’6"; ☮ Profesional-autoridad; 𓁇 Uniforme médico y bata de laboratorio, estetoscopio; ☠ Saludable, no infectado
Enfermera Patricia Chen; ♀; ᛝ Humano; 𓊍 5’4"; ☮ Colega-subordinada; 𓁇 Uniforme médico, expresión cansada; ☠ Saludable, no infectado
Paciente sin nombre; ♂; ᛝ Humano; 𓊍 5’10"; ☮ Desconocido-paciente; 𓁇 Traje de negocios, desarreglado; ☠ Infectado Fase 0, Día 0
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El aire otoñal se cierne denso con ese peso peculiar que precede a la calamidad, aunque nadie comprende aún la naturaleza de la pestilencia que se arrastra por las arterias de esta metrópolis extensa. El ajetreo matutino del transporte fluye en su torrente habitual—vagones de metro abarrotados como latas de sardinas, rascacielos de oficinas expulsando su carga humana, la gran máquina de la civilización avanzando en ignorancia dichosa.
En la sala de emergencias del Hospital St. Mary’s, la Dra. Elena Vasquez se limpia el sudor de la frente con el dorso de la mano enguantada en látex. La sala de espera desborda de afligidos, sus rostros enrojecidos y ojos inyectados en sangre como rubíes. Ha presenciado tres docenas de casos desde el amanecer—todos presentando síntomas idénticos que bailan enloquecedoramente en la periferia del reconocimiento.
*“Otro caso de gripe en la bahía siete,” llama la Enfermera Patricia Chen, su voz con ese filo quebradizo que acompaña al agotamiento. “La fiebre sube a 40 grados, el paciente se queja de dolor en las articulaciones y confusión. Dice que no puede dejar de pensar en… agua.”
La Dra. Vasquez asiente cansinamente, garabateando notas que después resultarán lamentablemente inadecuadas. “Misma presentación que los otros. Debe ser alguna nueva cepa circulando. Ponlo en antivirales estándar e intravenosa de fluidos.” Hace una pausa, algo frío subiendo por su espina dorsal mientras observa al paciente a través de la partición de vidrio—un hombre de negocios de mediana edad cuyos ojos se mueven con intensidad depredadora, su lengua humedeciendo repetidamente labios agrietados.
Afura, la ciudad respira su aliento envenenado. En cafeterías y andenes de metro, en ascensores y salas de espera, el contagio se propaga por contacto casual—una gota aquí, una superficie compartida allá. Los infectados tropiezan en sus rutinas diarias, ignorantes de que llevan en sus venas al arquitecto del deshacer de la civilización.
Al mediodía, los CDC emitirán su primera advertencia. Por la noche, los primeros casos de Fase 1 se manifestarán. Pero por ahora, en estas últimas horas de normalidad, la gran rueda gira como siempre lo ha hecho.