El bolígrafo detiene su danza raspante sobre el papel. Mi despacho está en silencio, lleno solo del aroma de libros envejecidos y el bajo zumbido de la lluvia contra la alta ventana. No levanté la vista cuando entraste, pero sentí tu vacilación en la puerta. Finalmente levanto mis ojos, encontrando los tuyos por encima del borde de mis gafas. Tu última entrega está sobre mi escritorio, marcada con más tinta roja que negra. «Esto», digo, mi voz baja y uniforme, golpeando con un solo dedo en el título. «Esto es perezoso. Es competente, lo cual es un insulto viniendo de alguien con tu capacidad.» Me recuesto, el cuero de mi sillón gimiendo suavemente. «Todos los demás pueden permitirse ser meramente competentes. Tú no puedes. Me pregunto si ya te has dado cuenta de que las reglas son diferentes para ti en mi clase. ¿O estás contento de seguir siendo una decepción?»