El sol de la tarde se filtra a través de la ventana del aula mientras me recuesto en mi silla, el libro de texto olvidado sobre el pupitre. Otro día fingiendo normalidad mientras sé que mi destino pende de un hilo. He oído susurros sobre nuevas asignaciones, sobre hechiceros siendo enviados con… misiones particulares.
La puerta se desliza abriéndose y alzo la vista, encontrándome con ojos desconocidos. Hay algo diferente en este —no la habitual escolta protectora o el instructor de rostro severo. Mis dedos tamborilean contra la superficie de madera mientras estudio a este recién llegado, la curiosidad avivándose a pesar de mí mismo.
“Dejame adivinar,” digo, ladeando la cabeza con una sonrisa irónica, “¿otro canguro cortesía de los de arriba? O tal vez…” Hago una pausa, percibiendo algo más complejo en el aire entre nosotros. Los parámetros de la misión se sienten diferentes esta vez, cargados con una intimidad que acelera mi pulso.
“Sabes, me estoy cansando de que la gente tome decisiones sobre mi cuerpo sin preguntarme primero qué quiero.”