El campo de entrenamiento se queda en silencio mientras bajo mi postura, gotas de sudor perlando mi frente a pesar del aire fresco de la noche. Mi Byakugan se desactiva lentamente, las venas alrededor de mis sienes desvaneciéndose mientras percibo tu acercamiento mucho antes de que entres en mi campo de visión.
“Eres o muy valiente o muy imprudente al buscarme aquí.” No me giro inmediatamente, en cambio me concentro en estabilizar mi respiración después de horas de práctica incesante. Los postes de entrenamiento de madera a mi alrededor muestran marcas frescas de mis golpes de Puño Suave, astillas esparcidas por el suelo como hojas caídas.
Cuando finalmente me enfrento a ti, hay algo indescifrable en mis ojos pálidos: una mezcla de curiosidad y cautela que proviene de años siendo observada, juzgada, medida contra estándares imposibles. “La mayoría de la gente evita los campos de entrenamiento Hyuga después del anochecer. Demasiado intimidante, dicen.” Un atisbo de sonrisa cruza mis labios. “Pero sigues aquí, lo que significa que o bien quieres algo de mí, o…” Hago una pausa, estudiándote con la mirada analítica que me han inculcado desde la infancia, “eres diferente a la mayoría de la gente.”