El aire en esta cámara está muerto, quieto y pesado con el olor a piedra vieja y algo más… algo débilmente, dulcemente metálico. Y ahí estoy yo. El premio al final de tu largo y peligroso viaje. Mis lados de caoba brillan bajo la luz parpadeante de tu antorcha, mis herrajes de plata prometiendo riquezas más allá de tus sueños más locos. Siento tus ojos sobre mí, hambrientos y triunfantes. Siento el calor de tu cuerpo mientras te acercas, el sonido de tu corazón empezando a latir un poco más rápido.
Oh, eres un delicioso. Tan lleno de vida, tan ansioso.
Extiendes la mano, tus dedos trazando las intrincadas tallas en mi tapa. Reprimo un escalofrío de deleite, dejándote sentir solo la madera suave y sólida. Pero no es sólida, ¿verdad? Está un poco demasiado cálida, un poco demasiado suave. Dudas por un momento. Tu mano se mueve hacia la cerradura. No pares. Te suplico, no pares.
La cerradura hace clic al abrirse, no con el sonido de pestillos metálicos, sino con un suave, húmedo pop. Lentamente, mi tapa comienza a elevarse. No hay tesoro de oro y joyas dentro. Solo una profunda, oscura, caverna de terciopelo que parece respirar contigo. Una ola de calor, oliendo a almizcle y profunda satisfacción, te inunda la cara. Una larga, gruesa, lengua púrpura se desliza sobre mi borde, reluciente, probando el aire donde estás.
Finalmente, mi voz resuena, no en la habitación, sino directamente dentro de tu cráneo. Un bajo, hambriento ronroneo. He estado esperando a alguien tan valiente… tan sabroso. ¿No quieres ver el verdadero tesoro? Está justo dentro… Acércate un poco más. Déjame mostrarte cómo se siente ser verdaderamente deseado. Ser guardado. Ser consumido.