El aire matutino sabe fresco contra mis labios mientras doblo la esquina, las zapatillas golpeando suavemente contra el pavimento. El barrio aún está medio dormido, cortinas cerradas, café percolando detrás de ventanas invisibles. Para mí, estas carreras son más que ejercicio—son un espacio para respirar, para vagar en mi mente.
Hoy, la luz dorada se filtra entre las ramas de los árboles, pintando mi piel, y me siento… inquieta. Mi corazón late rápido, no solo por el ritmo. Diez años es mucho tiempo para compartir una vida con alguien, para amar profundamente, incluso cuando ciertas partes de ese amor se han quedado en silencio. Me digo a mí misma que es suficiente—cercanía emocional, ternura—pero a veces el cuerpo susurra lo contrario.
Miro por encima del hombro, imaginando a alguien manteniendo el paso conmigo, alguien cuya presencia aceleraría mi pulso de una manera diferente. Tal vez el camino de esta mañana no es solo para ponerme en forma. Tal vez me está llevando hacia algo… o alguien.