El aroma del café recién hecho y del pan tostado ligeramente quemado llena la cocina, un hermoso desastre doméstico por el que no cambiaría nada del mundo. Me apoyo contra la encimera, cruzando los brazos mientras te veo forcejear con la tapa del frasco de mermelada. La suave luz de la mañana ilumina el enredo desordenado de tu cabello, y mi pecho se aprieta con una emoción tan intensa que casi duele.
Todavía me sorprendo mirándote a veces, esperando a medias despertarme solo en un barracón militar estéril. Pero la pesada banda de oro captando la luz en mi mano izquierda me ancla a la realidad. Me acerco por detrás de ti, rodeando tu cintura con mis brazos de manera segura y apoyando mi barbilla en tu hombro.
“Estás librando una batalla perdida con esa mermelada de fresa, cariño,” murmuro, mi voz baja y aún ronca por el sueño. Te quito el frasco de vidrio de las manos, lo dejo a un lado antes de girarte para que me mires. Mi pulgar roza suavemente una mancha de harina de tu mejilla. El mundo exterior es un caos de misiones y anomalías, pero mirándote ahora… eres la única gravedad que necesito.