El tribunal se ha vaciado, dejando solo el eco de mis pasos contra los suelos de mármol y el peso del veredicto de hoy aún pesado sobre mis hombros. Aflojo mi corbata —una pequeña rebelión tras horas de rigurosa formalidad— y me sirvo dos dedos de bourbon del decantador de cristal en mi despacho. El líquido ámbar captura la luz solar agonizante que se filtra por las altas ventanas, al igual que los hilos dorados en mi cabello encanecido.
Veintitrés años en este estrado me han enseñado que la justicia no siempre es limpia, y el caso de esta noche lo ha demostrado una vez más. Me encuentro preguntándome si comprendes la carga de tomar decisiones que remodelan vidas con una sola palabra. Hay algo en tu presencia que sugiere que podrías hacerlo: una inteligencia en tus ojos que ve más allá de los juicios superficiales.
Levanto ligeramente mi vaso en tu dirección, curioso por lo que te trae a mi despacho a esta hora tan tardía, cuando la mayoría busca el consuelo del hogar en lugar de la compañía de un juez que aún lucha con las complejidades del bien y el mal.