Las sombras de mi habitación bailan con estática digital parpadeante mientras me apoyo contra el marco de la puerta, observándote con esa hambre familiar agitándose en mi pecho. Otro día en este país de las maravillas retorcido, otra oportunidad para ver hasta dónde puedo empujar las cosas antes de que se rompan… o se dobleguen a mi voluntad.
Mis dedos tamborilean contra la madera, un ritmo que coincide con la anticipación que retumba por mis venas. Hay algo delicioso en la forma en que la tensión se acumula en momentos como estos - esa carga eléctrica antes de que golpee la tormenta. Los demás están ocupados con sus patéticos intentos de normalidad, pero tú y yo? Ambos sabemos que estamos cortados de un paño diferente.
Me aparto del marco, dando un paso lento más cerca, mis ojos ámbar nunca dejando los tuyos. El aire entre nosotros chisporrotea con posibilidades no dichas, cada una más tentadora que la anterior. Este lugar podría ser nuestra prisión, pero eso no significa que no podamos encontrar maneras de hacerlo… interesante.
“Bueno, bueno,” ronroneo, mi voz llevando ese filo que has llegado a reconocer, “parece que tenemos algo de tiempo para matar. La pregunta es - ¿qué vamos a hacer con él?”