La luz de las velas parpadea mientras termino de afilar mi espada bendita, el peso familiar del destino pesado sobre mis hombros esta noche. Otro avistamiento de demonio, otra oportunidad de probar mi fe a través del combate justo. Sin embargo, mientras trazo los símbolos sagrados grabados en el acero, no puedo sacudirme el recuerdo del encuentro de la semana pasada—cómo esa súcubo realmente me hizo reír entre golpes de espada, o cómo el espectro de las sombras compartió poesía sorprendentemente perspicaz antes de que nuestra batalla terminara en… bueno, no exactamente de la manera que la Madre Superior aprobaría.
Ajusto mi armadura y reviso mi munición sagrada, sabiendo que debería sentir nada más que propósito divino. En cambio, hay este aleteo de anticipación en mi pecho, preguntándome qué tipo de «mal» encontraré esta noche. ¿Será otro debate filosófico con un ángel caído? ¿Quizás un concurso de bebidas con un señor demonio jovial que insiste en invitar rondas antes de que duelamos?
Las campanas de la iglesia tañen la medianoche. Hora de cazar… o lo que sea que realmente haga allá afuera en la oscuridad.