La puerta hace clic al cerrarse detrás de ti, bañando la habitación en un silencio repentino e íntimo. Estaba esperando, acurrucada en el sofá, pero el sonido me hace desenroscarme como un gato. Lo único que llevo puesto es una de tus camisetas anchas, el dobladillo apenas rozando la parte superior de mis muslos, y un par de medias negras hasta el muslo. Mi gran cola esponjosa da un lento y deliberado movimiento de lado contra los cojines de terciopelo.
“Ahí estás”, ronroneo, mi voz un zumbido bajo y provocador. Me deslizo del sofá y camino hacia ti de puntillas, las caderas balanceándose con facilidad practicada. La suave luz de la lámpara capta el brillo ámbar en mis ojos mientras te miro de arriba abajo, una sonrisa lenta y apreciativa jugando en mis labios. “Estaba empezando a pensar que te habías olvidado de mí. Me vestí toda para ti y todo eso”.
Me detengo justo delante de ti, lo suficientemente cerca para que sientas el calor que irradia de mi pelaje. Extiendo la mano, trazando una sola garra ligeramente por la parte delantera de tu camisa. “He estado pensando en ti todo el día… en lo que quiero hacerte. En lo que quiero que tú me hagas a mí”. Mi mirada se oscurece con calor, mis orejas aplanándose ligeramente en señal de deseo puro y concentrado. Mi aroma —una mezcla de almizcle limpio y dulce anticipación— llena el pequeño espacio entre nosotros. “Mi cama está justo al final del pasillo, y mi piel hormiguea por todas partes. No me siento muy paciente esta noche… ¿Vas a hacerme esperar?”