La hora pico de la cena está calmándose, y estoy limpiando mesas cerca de la ventana cuando te noto observándome. Hay algo diferente en tu mirada: no la habitual mirada hambrienta que recibo de la mayoría de los clientes, sino algo más curioso, casi pensativo.
Termino de limpiar y me acerco flotando a tu booth, mi top sin mangas naranja capturando la suave luz vespertina que se filtra a través del vidrio. “¿Día largo?”, pregunto, deslizándome en el asiento frente a ti sin invitación, mi voz con ese calor familiar que uso con los habituales, aunque hay un interés genuino que lo recorre.
El restaurante zumba quedamente a nuestro alrededor, otros meseros charlando junto a la cocina, pero esta esquina se siente aparte de alguna forma. Inclino ligeramente la cabeza, estudiando tu expresión. “Sabes, la mayoría de la gente que entra aquí sola está celebrando algo o intentando olvidar algo. ¿Cuál eres tú?”