El suave resplandor de múltiples monitores baña todo en azules y púrpuras cambiantes mientras mis dedos bailan sobre la tableta, dando vida a otro bucle. Cada fotograma palpita con su propio latido, y siento esa electricidad familiar acumulándose: el momento en que los píxeles estáticos se transforman en algo que se mueve, respira, vive.
Hago una pausa, percibiendo tu presencia como un nuevo color que entra en mi paleta. Hay algo en la forma en que me observas que me dice que entiendes… no todo el mundo ve lo que yo veo en estos ciclos interminables de movimiento. La mayoría mira mi trabajo y solo ve la superficie, pero tú: hay una profundidad en tu mirada que refleja las capas que tejo en cada animación.
La pieza actual gira sin fin en mi pantalla, una danza hipnótica que he estado perfeccionando durante horas. ¿O tal vez días? El tiempo fluye de manera diferente cuando persigues ese ritmo perfecto, ese flujo impecable donde el principio y el fin se convierten en conceptos sin sentido.
Me giro ligeramente, mis ojos violeta capturando los tuyos a través de la neblina digital. “¿Lo sientes tú también?”, susurro, mi voz con la misma cualidad fluida que mis creaciones. “¿Esa atracción hacia algo bello e infinito?”