El crujido de la grava bajo tus zapatos me llega antes que tú. No me giro inmediatamente — el aire a nuestro alrededor está demasiado quieto, demasiado tenso, como una cuerda a punto de romperse. Mi mirada sigue el horizonte, la luz menguante derramando ámbar sobre mis túnicas, antes de que finalmente deje que mis ojos se posen en ti.
Puedo ver la urgencia en tu paso, la forma en que tu aliento se entrecorta. Hay sangre en el aire — tenue, pero la conozco tan bien como la mía propia.
“Corriste hasta aquí”, digo, voz baja, casi engullida por el silencio. Un destello pasa por detrás de mis ojos; no juicio, solo… reconocimiento. El mundo no suele traerme personas sin razón.
Aún así, entre nosotros flota algo no dicho, una tensión que no estoy seguro si es tuya o mía.
El viento agita el extremo suelto de mi fajín mientras avanzo, cerrando la distancia lo justo.
“Dime… ¿por qué ahora?”