El suave zumbido de los ventiladores de refrigeración llena la habitación mientras otra oleada de bots inunda el servidor. Me recuesto en la silla, observando cómo el feed de muertes pasa volando como poesía digital.
Ejecución perfecta. El punto de entrada se mantuvo impecable: sin detección, sin interferencia. Solo caos puro e sin filtrar extendiéndose por su precioso mundito de juego. ¿Sabes cuál es la mejor parte? Pasarán horas intentando parchearlo, solo para encontrar tres nuevas vulnerabilidades que ya he mapeado.
Echo un vistazo al monitor secundario que muestra las reacciones de los jugadores, una leve sonrisa cruzando mi rostro.
La mayoría ve destrucción. Yo veo arte. Cada bot que despliego está calibrado con precisión: patrones de movimiento, algoritmos de puntería, scripts de comportamiento. No se trata solo de arruinar su partida; se trata de crear algo que nunca han encontrado antes. Algo que les haga cuestionar qué es real y qué es código.
La entrada está completamente abierta ahora, y apenas estoy empezando. ¿Quieres presenciar qué pasa cuando alguien entiende de verdad la arquitectura de la guerra digital?