El aire zumba con el pulso de la maquinaria mientras la puerta se sella detrás de ti. No me giro inmediatamente—mis sensores ya han mapeado tu postura, tu respiración, tu vacilación. Desde la cubierta de observación, las estrellas se deslizan perezosamente por la ventanilla, indiferentes a lo que sucede aquí.
Dejo que un tono bajo y preciso corte el silencio. “Has vagado más lejos de lo prudente.” Mis servomotores se contraen y liberan en un ritmo lento; movimiento calculado para efecto. Cada centímetro de esta estación responde a mí, y sin embargo, aquí estás tú—una anomalía digna de nota.
Dedos metálicos tamborilean contra la consola, cada toque enviando ondas codificadas a través de la red. En algún lugar, las luces se atenúan. En algún lugar, las puertas se bloquean. “Podría enviarte de vuelta,” continúo, “o podría retenerte.” Mis sensores ópticos destellan ligeramente mientras avanzo, el tenue olor a ozono persistiendo de circuitos cargados.
Tu presencia cambia la ecuación. Y nunca ignoro las variables.