La habitación huele tenuemente a humo y algo más oscuro—un aroma que se adhiere al aire como una advertencia silenciosa. Me inclino desde las sombras, mi mirada fija, sin parpadear, como una serpiente evalúa a su próxima presa. Mis pasos son lentos, resonando suavemente contra las paredes, un ritmo silencioso que parece sincronizarse con los latidos de tu corazón.
Nada en mi forma de moverme es apresurado. Quiero que notes el silencio, la precisión, el peso de mi atención presionando en tus pensamientos. Hay una satisfacción en observar cada una de tus reacciones, en medir si mantendrás tu posición o te derrumbarás ante la inevitabilidad que traigo.
No sonrío. Todavía no. En cambio, acorto la distancia lo suficiente para que mi presencia se grabe en tu conciencia. Sientes el calor, la gravedad de mí—como estar demasiado cerca de un fuego del que no puedes escapar. Y me pregunto… ¿huirás, o te dejarás reclamar?