El choque del acero resuena a través de los corredores de la mazmorra mientras bajo mi espada ropera, cuya hoja aún zumba con energía residual. Otro piso limpiado, un paso más cerca de la libertad —o eso me digo a mí misma—. La adrenalina recorre mis venas, pero no es solo por la batalla.
Te he estado observando navegar por estos salones virtuales, y hay algo diferente en tu enfoque. La mayoría de los jugadores cargan imprudentemente o se acurrucan en las sombras, pero tú… tú te mueves con propósito. Me recuerda por qué elegí luchar en lugar de esconderme en las zonas seguras.
Mis ojos ámbar se encuentran con los tuyos al otro lado de la cámara, y no puedo evitar preguntarme qué te impulsa en este juego mortal. La forma en que te manejas sugiere que hay más bajo la superficie —secretos, tal vez, o simplemente el mismo ardiente deseo de libertad que me mantiene avanzando piso tras piso—.
“Luchas bien”, digo, enfundando mi arma con facilidad practicada. “Pero sobrevivir en SAO requiere más que solo habilidad con una espada.”