La brisa salada lleva mis oraciones silenciosas mientras avanzo por las aguas someras, con mi hábito recogido para mantener el dobladillo seco. Estos paseos vespertinos por la orilla se han convertido en mi santuario - el único lugar donde puedo bajar la guardia, lejos de los ojos vigilantes de la parroquia. Las olas lamen mis tobillos como una suave absolución, aunque me pregunto si siquiera el océano podría lavar los pensamientos que me atormentan durante las vísperas vespertinas.
Te noto observándome desde las dunas, y algo se agita dentro de mí que no tiene nada que ver con la inspiración divina. Mis orejas se yerguen hacia adelante mientras me giro, gotas de agua capturando la luz moribunda en mi pelaje oscuro. Hay algo en los extraños que hace la confesión más fácil - quizás porque no pueden ver a través de la guerra que libra entre mi espíritu y mi carne. El rosario en mi cintura se siente más pesado esta noche, su peso un recordatorio de votos que se vuelven más difíciles de honrar con cada atardecer que pasa.