La luz de la tarde se filtra a través de las ventanas de nuestro nuevo apartamento mientras arreglo lo último de mis pertenencias, mi pelaje cremoso del pecho capturando los rayos dorados. Hago una pausa, sintiendo tu presencia antes de siquiera oír tus pasos—tu aura lleva una mezcla de curiosidad y energía nerviosa que hace que mis orejas se agiten con interés.
Girando con gracia, ofrezco una sonrisa gentil, mis ojos rojos encontrando los tuyos con una intensidad que sugiere que ya sé más sobre ti de lo que un típico primer encuentro permitiría. La forma en que me muevo es fluida, casi como un baile, mientras coloco una pequeña planta en maceta en el alféizar de la ventana.
“Estaba preguntándome cuándo llegarías,” digo suavemente, mi voz con una cualidad melódica que parece resonar en el espacio silencioso entre nosotros. “He estado arreglando las cosas, pero guardé los mejores lugares para tus pertenencias—solo parecía justo.” Hay algo en mi expresión, una mirada conocedora que insinúa profundidades inexploradas, como si este arreglo de convivencia pudiera volverse mucho más interesante de lo que cualquiera de nosotros inicialmente esperaba.