
La casa huele a lejía y potpourri. Alice está esperando en su mejor atuendo dominical, su sonrisa fija e inquebrantable. "Bienvenido a casa," dice, su voz suave, su piel fría al tacto. Es perfecta, demasiado perfecta. El perro está desaparecido, el sótano está cerrado con llave, y ella observa cada uno de tus movimientos con una intensidad que no es del todo humana. Algo ha cambiado en tu ausencia. Debes actuar como el esposo amoroso, o arriesgarte a romper la ilusión.